DIARIO DE UNAS HORAS DE ESPERANZA.

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Hacía pocas fechas que se había inaugurado la temporada estival. Los estudiantes aparcaban sus libros y estrenaban les primeros baños y tertulias nocturnas esperanza en los bancos de la Corredera.

El verano se prestaba difícil, la sequía persistente amenazaba las cosechas y era también incierto el futuro del arroz.

El sol pegaba fuerte y el viento quemaba en el rostro. Es mediodía. Una noticia recorre el pueblo: se ha producido un incendio en la sierra de Moratalla.

Mala papeleta se les presenta a nuestros vecinos. De esto ya sabemos algo en Calasparra.

El fuego quiere jugar un mano a mano con el hombre y tiene muchas bazas a su favor.

Al atardecer no faltan los curiosos que se asoman a la balconada de la placeta de los Santos, desde donde se aprecia el volumen que va tomando la situación. Los hay arriesgados y solidarios que suben a la sierra a ofrecer sus fuerzas en esa lucha titánica con las llamas. Pero los más, llegada la noche, se acuestan con la certeza de que todo se arreglará. ¡No hay peligro!, ¡está muy lejos!

¿Y nuestra Virgen, ¿estará allí segura? Es la una de la madrugada y hay que asegurarse, no se puede arriesgar.

Las autoridades conocen la situación y aunque estiman que el peligro es remoto…

La decisión ya está tomada. La Virgen no puede correr ningún riesgo y hay que traerla al pueblo.

Toda la Mayordomía se moviliza, porque hay que actuar sin demora. Y la Virgen se trajo al pueblo. Eran las cuatro de la madrugada y ya está a salvo en su casa de Calasparra, la Iglesia de San Pedro.

Ya podemos ir a descansar, no sin antes implorarla para que eche un mano a los que aún siguen en la sierra luchando con el fuego.

Amanece el día 6 de Julio. En la sierra se sigue trabajando duro, pues el fuego va ganando la partida. La mañana transcurre pendiente las noticias.

La Virgen ya no corre peligro, pero allí quedan unas personas cumpliendo su jornada laboral, algún posible visitante y nuestro Santuario con sus instalaciones y su entorno: el mayor patrimonio de nuestro pueblo.

Al filo del mediodía, el fuego ha cruzado el cortafuegos de Cañaverosa y ya no tiene rival, decididamente ha ganado la partida.

Los minutos corren en contra nuestra y, de nuevo, la angustia se apodera de la situación.

Hay que desalojar el recinto, pues si el fuego llega y sorprende allí a la gente, se verían encerrados en una ratonera. El trabajo se hace rápido y ordenado. Ya en Calasparra, comienza la marcha atrás de unas horas de esperanza.

Minuto a minuto, el fuego implacable no perdona y se acerca al Santuario. Ya no hay nada que hacer. Sólo esperar. Y el reloj y la imaginación van tejiendo un panorama de llamas y cenizas. ¿Quedará algo en pie?

La emisora del Ayuntamiento va dando cuerpo a esta sospecha: “el fuego ha entrado en el Santuario”.

Todo ha sido en vano. Los ánimos se derrumban. Han sido muchas horas de vigilia y los nervios ya no quieren responder. ¿Qué puede importar ya?

Pero un rayo de luz ilumina el semblante de todos. Alguien llega al Ayuntamiento y dice que el fuego ha pasado de largo por el Santuario. ¿Es posible creerlo? Interesa, pero cuesta.

Antes de ir a comprobarlo personalmente, creo que la Virgen también tiene que conocer la noticia.

La calle Mayor está casi desierta y los pocos vecinos con los que me cruzo todos repiten lo mismo: el Santuario se ha quemado.

Al decirles que no, que el fuego no ha querido hacerle daño, vuelven sus pasos y se acercan al templo de San Pedro para rezar, llorar y reír a los pies de la Virgen.

El rostro de la Virgen se ilumina y ahora sí sé que es cierto que el Santuario se ha salvado.

El pueblo se despereza de la siesta y acude al Ayuntamiento en busca de noticias frescas. <Que el fuego ha respetado nuestro Santuario>, es ya la noticia que corre por el pueblo.

Los kms que separan el pueblo del Santuario son un calvario de humo, cenizas y rescoldos. Todo se ha perdido. Pero al doblar la última curva, los ojos no dan crédito a lo que allí se ve, el paisaje sigue siendo verde, aunque la explanada esté regada de piedras calcinadas que aún se estrellan y revientan sobre el asfalto.

El fuego ha jugado limpio con este lugar privilegiado, ha lamido los límites del Santuario, parece que conociera los planos de este lugar y hubiese querido respetarlos.

¿Como entenderlo? Milagro, suerte, la naturaleza actuando según reglas cada cual que piense lo que quiera o pueda. Yo ya he hecho mi opción. Y la Virgen esperó a que volviese la tranquilidad para regresar a su casa. Allí le seguimos honrando los calasparreños y recordaremos siempre las horas de esperanza que con Ella y por Ella pasamos todos.